En la Axarquía malagueña, donde los pueblos blancos se adaptan a las laderas y establecen una relación inseparable con el paisaje, el proyecto propone una reflexión sobre la vivienda social como espacio de comunidad, pertenencia y arraigo. Más allá de resolver un programa residencial, las treinta viviendas buscan construir un lugar capaz de fortalecer los vínculos entre sus habitantes y con el territorio que los rodea.
La intervención encuentra su origen en un elemento preexistente de extraordinaria fuerza simbólica: tres olivos centenarios que nacen de una misma raíz. Su presencia, ligada a la memoria agrícola del lugar, se convierte en el corazón del proyecto. A su alrededor se genera una plaza circular concebida como espacio de encuentro, sombra y convivencia; un lugar donde la vida cotidiana puede desarrollarse de forma espontánea bajo la protección de los árboles.
Desde este núcleo comunitario, una red de recorridos peatonales conecta los distintos niveles de la urbanización y conduce hacia una segunda plaza abierta al paisaje. Entre ambos espacios, el conjunto se despliega siguiendo la pendiente natural del terreno mediante volúmenes fragmentados que reinterpretan la escala doméstica y la forma de crecimiento de los asentamientos tradicionales de la comarca.
Las viviendas se adaptan a la topografía mediante secciones escalonadas que permiten que cada hogar establezca una relación directa con el exterior. Patios y espacios intermedios introducen luz, ventilación y vegetación en el interior, favoreciendo unas condiciones de habitabilidad que trascienden las limitaciones habituales de la vivienda protegida. La arquitectura busca ofrecer no solo refugio, sino también bienestar, intimidad y contacto con el paisaje.
Con recursos necesariamente contenidos, el proyecto apuesta por la esencialidad. Muros blancos, geometrías claras y soluciones constructivas austeras remiten a la tradición mediterránea sin recurrir a la nostalgia. La verdadera riqueza del conjunto no reside en los edificios aislados, sino en los espacios compartidos que surgen entre ellos: plazas, caminos, patios y lugares de encuentro donde la arquitectura favorece la construcción de comunidad.
En un contexto donde la vivienda social suele reducirse a una cuestión de eficiencia, el proyecto reivindica la importancia de la calidad espacial y de la relación con el lugar. Una arquitectura sencilla que busca demostrar que la dignidad del habitar no depende de la abundancia de medios, sino de la inteligencia con la que estos se utilizan.