La propuesta nace de una reflexión sobre la ciudad histórica entendida como una construcción colectiva, resultado de siglos de superposiciones, transformaciones y apropiaciones sucesivas. Más que intervenir sobre un edificio aislado, el proyecto busca continuar ese proceso, incorporando una nueva capa capaz de integrarse en la complejidad urbana existente.
El antiguo Palacio del Almirante de Aragón no se interpreta como un objeto monumental autónomo, sino como una pieza dentro de un tejido construido a lo largo del tiempo. La intervención recupera esta condición urbana perdida, restableciendo relaciones espaciales con las calles, los patios y las pequeñas manzanas que históricamente configuraron este fragmento de Granada.
La Escuela de Arquitectura se concibe como una ciudad en miniatura. Un lugar donde el aprendizaje no ocurre únicamente en las aulas, sino también en los recorridos, los patios, las galerías y los espacios de encuentro. El proyecto construye una secuencia continua de experiencias espaciales donde el estudiante descubre la arquitectura habitándola diariamente.
El claustro histórico recupera su protagonismo como corazón de la intervención. La restauración elimina añadidos acumulados a lo largo del tiempo y devuelve claridad a la estructura original. La luz, la vegetación, el sonido del agua y la escala silenciosa del patio vuelven a formar parte de la experiencia cotidiana, convirtiéndose en un espacio de contemplación y encuentro dentro de la intensidad de la vida académica.
Las nuevas piezas no compiten con la arquitectura histórica. Se presentan como intervenciones precisas y contemporáneas capaces de establecer relaciones de contraste y continuidad al mismo tiempo. Los nuevos volúmenes delimitan patios, construyen recorridos y generan lugares de transición donde pasado y presente se encuentran sin perder su identidad.
La secuencia espacial se desarrolla como un recorrido que atraviesa distintas atmósferas. Desde el carácter introspectivo del claustro hasta la apertura de los espacios representativos, desde la concentración silenciosa de la biblioteca hasta la dimensión colectiva de los talleres y salas de exposición. Cada espacio posee una identidad propia y contribuye a construir una experiencia pedagógica basada en la percepción, la luz y el movimiento.
La arquitectura entiende el aprendizaje como una experiencia física. Por ello, la escuela no se organiza como una suma de aulas, sino como un paisaje de relaciones donde los estudiantes aprenden a través de los encuentros, de los recorridos y de la propia experiencia espacial.
Más que rehabilitar un edificio histórico, el proyecto propone recuperar un fragmento de ciudad y transformarlo en un lugar para el conocimiento. Una arquitectura que entiende que enseñar arquitectura comienza por ofrecer a quienes la estudian la posibilidad de vivirla.