El proyecto parte de una convicción sencilla: la calidad de la arquitectura no debe depender del presupuesto. Las dieciséis viviendas se conciben como una reflexión sobre la dignidad del habitar, entendiendo la vivienda social no como una versión reducida de la vivienda convencional, sino como una oportunidad para construir espacios generosos, luminosos y capaces de mejorar la vida cotidiana de sus habitantes.
La propuesta se organiza a partir de dos ideas fundamentales: la medida y la repetición. La repetición de las unidades no se entiende como una limitación, sino como una herramienta capaz de generar orden, equilibrio y sentido de pertenencia. Cada vivienda forma parte de una estructura común que expresa una idea colectiva del habitar: hogares diferentes que participan de una misma dignidad arquitectónica.
La economía de medios conduce a una arquitectura esencial. Cada decisión responde a la búsqueda de la máxima calidad espacial con los recursos disponibles. Lejos de entender la restricción como una carencia, el proyecto la transforma en una oportunidad para eliminar lo superfluo y concentrarse en aquello que realmente mejora la experiencia doméstica: la luz, la proporción, la ventilación y la intimidad.
Uno de los principales desafíos consistía en superar una condición habitual de la vivienda adosada: la pérdida de privacidad. El proyecto responde generando una organización espacial y muraria que protege las vistas y evita las interferencias entre vecinos. Aunque las viviendas comparten medianeras, cada una disfruta de una notable sensación de independencia gracias a la disposición de patios, balcones (entre muros) y el espacio intermedio que amplían la distancia visual.
La estrecha crujía de las viviendas se convierte en el principal mecanismo de proyecto. Lo que inicialmente podría interpretarse como una limitación permite que la luz natural atraviese profundamente el interior y que todas las estancias mantengan una relación directa con el exterior. La sección adquiere un papel decisivo, utilizando la escalera como un espacio de transición donde la luz desciende y articula la vivienda.
La arquitectura se abre hacia el interior de la parcela, generando un espacio colectivo que incrementa la separación entre las viviendas y las edificaciones situadas frente a ellas. Esta decisión mejora el soleamiento, las vistas y la privacidad, proporcionando una calidad ambiental poco habitual en promociones de vivienda protegida de alta densidad.
Más que un conjunto residencial, el proyecto propone una manera de entender la vivienda social desde la precisión, la claridad y la igualdad. Una arquitectura contenida que demuestra que la calidad del espacio no depende de la abundancia de recursos, sino de la inteligencia con la que estos se utilizan. La verdadera aspiración del proyecto es sencilla: ofrecer a cada familia un hogar luminoso, abierto y profundamente íntimo.